viernes, 24 de marzo de 2017

Veintisiete

Aunque la vida supiera cuánto de lo vivido queda en el recuerdo… ¿acaso te habló al oído para contarte lo prohibido?
¿Qué sabías tú de mi corazón enérgico y partido, y en qué momento me perdí el cuento que yo no había vivido?
Si de revolver se trata esta vida ingrata, prefiero recordar lo que no recuerdo para traerte desde el olvido.  Y te juro por mi vida toda que intento recordarme y recordarte, pero es tanto el tiempo, el camino y el agua bajo el río que no logro verte ni mirarme.
Si ella te habló al oído, olvidó contarte que ya no duermo como antes, que ahora tengo un par de historias más encima y que mi cuerpo ya no es el mismo. Tal vez vino ella a engañarte, a decirte que soy la misma que besaste y arropaste en una esquina, y quizá te duela o te deleite la paciencia que hoy tienen mis años.
La vida juega a las escondidas y susurra, luego grita. Pero, por favor, no olvides preguntarle qué he vivido: si ella se esconde, no querrá hablarte de mis viajes, de mis lágrimas y las manos que me abandonaron en algún camino; si es más sabia, te hará un hueco de su tiempo para mostrarte que esas mismas manos me enseñaron de fracasos y de atinos, que las distancias elevaron mi asombro, llenaron de arrugas mi rostro y fortalecieron mi destino. Querrá decirte, bien bajito y no sin cierta timidez, que en tu presencia alguna de mis lágrimas volvieron, arrastrándome a esa vieja esquina que me ha costado tanto recordar pero no olvido.
Si la vida no te miente, te contará que cuando cierro mi maleta aplasto el cuerpo encima, para que el pasado no me pese y quede espacio para otra bienvenida. Te contará que llevo conmigo lo mejor de lo vivido, que exprimo instantes y momentos para que quepan entre las medias y el abrigo, que escondo palabras entre mis libros, que escribo todo lo que vivo.
Te dirá riendo que jamás puedo saber qué me depara el destino, que ando suelta vistiendo lo puesto, que ya no necesito lo que otros tienen y que cada mano que roza mis labios sabe a deleite compartido. Te dirá que mi corazón se parte y se retuerce en cada despedida, para luego juntar pedazos y sonreír con la esperanza en alto y su sangre cicatrizando heridas.
Seguramente haga una pausa, te mire de frente y te cuente algún secreto: que no esperaba tu visita, tu cercanía ni este encuentro. Te dirá que mi soberbia se disfraza de estupidez cuando desea, pero que mi corazón es grande y bueno; que doy y doy hasta el cansancio a quien a veces poco lo merece, para luego darme cuenta que no estaba dando nada a quien de golpe me engrandece.
Tragará saliva y se acercará a tu oído, te pedirá que no me cuentes lo que ella no quiere silenciar; te sorprenderá que también te hable de ti y te recuerde que vales más de lo que muestras, que nadie sabe lo que yo puedo saber, y que me vale con guardarlo en mi conciencia. La mirarás pasmado, sin entender el cotilleo: ¿De qué hablas, vida ingrata, si esperé casi una vida para tener lo que ahora tengo? Si viste traje de sabia, ella sabrá hacer silencio. Respirará profundo y te pedirá que me mires a los ojos, que observes quien he sido y quien soy hoy; que dibujes un puente imaginario entre tus recuerdos y los veintisiete que te separaron de mi ser, para ver qué hay hoy y qué me llevo entre las medias y mi abrigo.
Y después de verte,
de escucharte y de observar cómo me miras;
de saber que fui un fantasma sin olvido,
de soñarme entre tus labios
de dormirme con tu cuerpo
y de dejarme arrastrar al infinito…
Dime que la vida te cuenta algo más,
algo que yo no sepa y que no quede
bajo el puente, en algún lugar perdido.
Si finalmente te habla, cuéntale que yo también
te miro diferente, que no equivoqué el camino
y que mi locura me acercó de a poco
hacia tus pasos, a los recuerdos
que yo bien guardaba en el olvido.

Cuéntale que ya nada me da miedo,
que con el tiempo tengo más espacio en mis maletas,
y que prometo no olvidar jamás tus ojos ni los míos.
Dile que yo voy, que vengo, que vuelo y que me pierdo,
pero que nunca olvido el valor de los detalles,
mucho menos las manos que me rozan con amor,
con respeto y con delirio.
Pídele que no haga preguntas
porque no tengo respuestas,
y que si ella es una sola y ya está escrita,
yo la desafío reescribiendo en cada puerto y cada esquina.

Pregúntale por último si puedo contarte hoy un secreto;
me haré dueña de mi pluma y no le pediré permiso,
sólo espera a que ella te susurre un sí
para escuchar mi voz cerca de tu oído:
entre tantas voces que deliran
y no saben ni quién eres ni quién soy,
encontrarte y encontrarme yo a tu lado
fue un remanso en mi destino.
Fue un regalo que me llevo,
un lugar bien merecido,
un acierto de tu espera
y caricia eterna a mis sentidos.

Ya no le pidas permiso a la vida,
deja que te cuente yo lo que aprendí en los veintisiete;
que aunque está de moda amar en cuotas,
yo prefiero la soledad bien entendida.
Que mi alma brilla por sí misma,
y que no entrego sin amor mi tiempo, las palabras y la vida.
Que volviste para recordarme cuánto vivo,
y que verte vivo me recuerda mi existencia.
Ni que te hubiera hablado al oído
para contarte lo prohibido…
Que cada caricia de tus labios
me eleva al cielo de mujer,
que cada mirada tuya
me recuerda aquella esquina;
que cada abrazo tuyo era infinito también,
pero yo no lo sabía.
Que veintisiete no es nada,
pero que es mucho para quien espera,
desea y ansía.

Cuéntale por fin a la vida
que tú y yo nos entendemos;
en silencio, entre recuerdos
y apretujando maletas
para reír y llorar
si existen despedidas…

−Poli Impelli−

Mi ojo en tu mano

Te dibujo en mi mente… porque sueño que alguna vez te he conocido.
Lugares, tiempos, instantes en que soñé verte, porque esos sueños son los que me empujan y me llevan adonde imagino que puedo tocarte.  ¿Tocarte? Si formateo esas curvas de tu cara porque escribes… escribes y me empapas de la sabia que se esconde entre la sombra que desnudas con tu cuerpo y con palabras.
Releo espacios en blanco donde ubicas una coma, queriendo tomar aire en un descanso y no te dejo. No quiero que te frenes cuando gimes. Interrogo porque envidio; no tengo maldad oculta, la muestro entera y te persigo. No quiero tu alma callada ni vestida: la quiero desnuda, entera en blanco y negro y en colores, con cursivas, en A4 o en papeles que en algún lugar de Madrid aún me extrañan.
Te tengo agarrada porque tu mano me coge; eres tú quien me desvela en las noches y quien revienta mis entrañas. No me culpes de sentir tus bragas empapadas, porque eres tú quien me revela sus secretos y luego me dejas aquí, suspirando, pidiendo más a gritos cuando te marchas y me dejas sin calma. Sí. Tú cada vez más abierta, yo bebiendo tus anhelos. ¿Hasta cuándo harás que llegue hasta tu cuerpo para dejarme vacía y luego pedirme más en cada despedida? ¡Basta ya de dejarme aquí tan lejos, gimiendo entre jadeos y rogando que aparezcas para robarte comas, puntos suspensivos y otro verso!
Deja ya de adivinar antes de tiempo lo que leo, joder, que no puedo robarme un punto y coma porque tú mandas allí donde yo sólo miro y quiero y deseo y no puedo llegar a tiempo.  El océano es inmenso y tú tienes mi ojo en tu mano. Haces con él lo que deseas, y luego te marchas…
Tengo dos manos para tocarte, besarte y para escribir acariciando, pero tú tienes el néctar y las sábanas que desprenden mis ganas y mis ansias de ocupar tu cama, y de patearle el culo a esa maldita soledad que te abriga cuando te dejan a tientas, buscando amores que aman.
Mierda, deja tú de escribir lo que yo siento, porque no puedo esconderme en un teclado y mucho menos igualarte. No, no me culpes porque tu fortaleza se ensancha cuando el sexo nos acorrala y me acaricias la frente y yo tu ombligo. Deja tú de plasmar con palabras lo que yo quiero leer, lo que sangro y lo que el resto ni siquiera entiende.
Si me faltaba fuerza en el camino, me has dado alas para erguirme en un vuelo y soñar que también puedo encontrarte. No me mires a ese ojo que me queda sano ―pues el otro ya lo tienes en tu mano―, porque serás tan pesha de encontrar una lágrima detrás de mi sonrisa que te consuela en la distancia.  Ya lo sabes… antes de encontrarme tú ya sabes que yo lejos estoy pariendo; sangrando el dolor que suponen los reencuentros y los sitios que descubren quiénes somos y quiénes éramos. Pariendo. No es un niño, y bien sabes que prefiero un vestido suave de incógnita y mi feliz andar con celulitis antes que ser perfecta, delicada… muy Angelina aunque mal follada.  ¡No, que ni se diga! Tú ya sabes lo que siento antes que escriba, o antes que lea y te descubra entre las sábanas.
Qué putada, en cocteles de kilómetros prohibidos, que a las carcajadas te lea y me quede sin aire y sin aliento. Qué bendición este amor por las palabras que me permite sentirte y que me sientas, cuando las mareas son altas o bajas, cuando aquí es verano y tú te abrigas allá lejos… en invierno.
Quiero hostiarme unas mil veces para seguir aprendiendo; de tus versos que me empapan, de tus mayúsculas aprendo. Tus signos en gritos me estremecen y no hay espacios en blanco que me liberen de los orgasmos que en mi piel estallan. Me pillaste, me tienes… Volver al principio siempre, sí; esa es la clave.
En tu mano reposa mi ojo que todo lo observa y te lee entre líneas. En tu mano está mi debilidad, mi fortaleza, mi alegría y mi desdicha. ¿Cuántas veces es mejor ignorar y no entender lo que el otro tiembla, calla o agoniza? ¡Mierda! Estoy en un dilema. No sé si pedirte el ojo de vuelta o dejarme tocar… y que me quites el otro para el deleite que me provoca tenerte y que vuelvas a empezar, una vez más, hasta encontrarte y encontrarme.
No me dejes otra vez con esta ansiedad que me aplasta el pecho, no me pidas que no te bese en cada palabra que largas al viento. Que vuelvan todos al principio para entender con que te quedas y me quedo.  Que cada cual entienda que detrás de una oración, de un sujeto y un predicado se encuentra una vida, un alma y un cuerpo que abrazan, que follan, que huyen, que están sufriendo a gritos, que aman, que mueren de ira o que libran una batalla de amor con sus propias reglas, minúsculas y paréntesis, párrafos abiertos, orgasmos desmedidos, placer escondido, amor despiadado, ternura contenida y puntos finales sin principios.
-Poli Impelli-

Recuérdame

Aquí estoy
En pleno desierto
Inconsciente
Rodeado de ruidos
De gentes y oportunidades
Que pasan
A través de mis sombras.

Te busco y no te veo
Excluí tu ser del mío
Ahora que extraño
El agua de tu boca
El abrazo de tu cuerpo
La calma de tus días
No te encuentro.

Sigo en el mismo
Sendero con sed
Buscando a tientas
Un destino
Buscando en otras vidas
Tu rostro junto al mío.

El dolor tapó mis ansias
Las heridas mi sangre ardiendo
Rasco vestigios de lo que fuimos
Y vuelve a saltar la cáscara
Duele.
Me duele tu mirada
En una foto tu debilidad
Escondida en tu santa valentía.
Me duele tenerte lejos
Cuando mi sábanas laten
En sumisión
Otro cuerpo que no es tuyo
Y aunque espero
Sé que no volverás
De día.

El desierto es seco y el sol quema
Alucino que puedo verte de cerca
Trayendo nubes de alivio y
Un poco de lluvia a mis venas
Te veo con tu pelo oscuro
Susurrando al viento
Tus ojos miel sonriendo
De encontrarme
Y esa sencillez de mujer noble
Y sabia que me dio frescura
y amor por la vida en aquellos días.

Tal vez ya sea muy tarde
Tal vez nunca regreses
Y esta cobardía tan terca y mía
Que sólo ve sequía y cansancio
No me deja
Caminar erguido
Salir de donde me encuentro
Y buscarte allí entre páramos de alivio.

No me olvides, por favor,
Sé que el tiempo es cruel
Y tú andarás en otros mares
Recuerda conmigo
Aquellos tiempos
Tal vez la vida me dé treguas
Quizá te encuentres a salvo.

Déjame perderte como no quise
Déjame encontrarte como espero
Fuera de este silencio eterno
Dentro de mi alma escamada
En melancolía y aroma a intentos.

Quédate ahí o más vete lejos.
Creceré sintiendo que te alejas
Buscaré tu luz
Allí donde me guíen las certezas.

-Poli Impelli-

lunes, 11 de mayo de 2015

Agonía

T


Te alejaste buscando tu juguete favorito,
Te esperábamos con impaciencia.
Pasó la vida lenta,
Oíamos solo el viento.
Te perdiste vaya a saber dónde,
Dejándote arrastrar
En tu mundo de inocencia y juegos
Sin saber que nosotros agonizábamos por dentro.
La desconfianza y la búsqueda
Se tornaron espantosas.
El llanto de nuestros padres
Aturdió la agotadora espera.
La indecisión nos arrastró
A la desconfianza incierta,
Infructuosa y caprichosa
Que no nos concedió esperanza ni certezas.
La noche palidecía fría y cerrada,
El paso del tiempo aletargado y mudo,
Casi en vano nos llenó de angustia,
Lágrimas saladas con sabor a pérdida.
… Y así fue que regresaste,
Sonriendo con inocencia,
Despojado de todo temor,
Ausente de nuestro ahogo y dolor.
Nos encontraste a la deriva en un mar de llanto,
En el mismo lugar donde te habíamos dejado.
Te abrazaste a todos,
Sin comprender lo que había pasado.
Y esa noche la recuerdo tan cerca
Y tan lejana,
Agradeciendo que hayas vuelto,
Y que hoy ya no te vayas…
 – Poli Impelli –

Amor de Juventud

Miré a través de la mirilla de un ventanal que da a un gran patio interno, en un antiguo edificio de la ciudad condal. Recién llego y observo a mi izquierda la vida pasar a unos cuantos metros por debajo de mi silueta, en las calles arropadas de aroma a turismo, primavera y gritos de juventud.  A mi derecha, el ventanal me regala un patio interno donde se funden un par de enredaderas y flores sin aroma. La encuentro con mi mirada sin que me descubra: elegante con su vestido floreado y su melena gris adornada con una hebilla color café, sostiene en sus manos un libro añejo, de tapa amarilla y naranja, donde se esconden versos que alguna vez recibió de otras manos. Él camina lento hacia ella, apareciendo como un fantasma desde algún lugar que no alcanzo a ver, una puerta secreta de algún apartamento en planta baja. Él la mira sosteniéndole la barbilla, dejando su sombrero negro a un costado del árbol más frondoso, esperando encontrar sus ojos, perdidos durante tantos años en un geriátrico de mala muerte, ansioso por regalarle un poco de vida, del amor que alguna vez le tuvo en su juventud, cuando las cenizas de sus cabellos eran látigos morenos de brillo y éxtasis, cuando aún podía recordar su nombre y sentir su cuerpo vibrar junto al suyo.  Extendió sus manos, le tomó el rostro y le acercó su boca envejecida por tantos cigarros y tazas de café que los bares le habían permitido saborear.  Ella lo miró sin asombro pero sonrió.  Sus ojos brillaron de golpe, sin aviso, tal vez atinando alguna incipiente lágrima. Su boca respiró del letargo el Alzheimer, y pude oír su voz repleta de experiencia y juventud: “Amor… has venido a verme, por fin”.
– Poli Impelli –

La experiencia de viajar

La semana pasada, un gran amigo me recordaba en uno de sus emails:
“Si viajando se fortalece el corazón, a Litto Nebbia (renombrado cantante y compositor de rock argentino) le pediría permiso para agregar… Se ensancha, apretuja, desahucia, llena, enriquece, comprime, hincha, fortalece, vibra, se estremece, aprende a “palpitar” en/con/por y para otros, aprende a escuchar con fidelidad sus propios latidos, rítmicos, serenos, pasibles y alocados, y a escuchar los latidos de los demás, compasivamente, con una nueva comprensión. Y si el corazón vive todo eso no es sólo por viajar, sino por el “modo” en que se viaja (la “actitud”, que le dicen)”.
Las palabras de mi amigo llegaron justo cuando estaba escribiendo mi sensaciones y preferencias en la experiencia de los viajes, pero creo las suyas describen en su totalidad, con verbos de riqueza extrema, todo lo que se siente y se vive mientras se viaja.  Igual, porque ambos sabemos de esto, me sumo a sus palabras con las mías…
Viajar es una experiencia extremadamente enriquecedora y única. Te zambulles constantemente a situaciones nuevas, inusuales, diferentes a lo conocido y simplemente inspiradoras.  Llegas a probar comidas extrañas, experimentas diferentes culturas, entiendes idiomas antes incomprensibles, e intentas con nuevas actividades. Pero creo que lo mejor de todas las cosas maravillosas que ofrecen los viajes es la gente con quien te encuentras en el camino.  Sea otro mochilero solitario, un grupo que viaja con los mismo objetivos, aquellos que se aventuran a un experiencia nueva por trabajo o por motivos de estudio, o los forasteros de cada pueblo, “dueños” de las ciudades que visitas, la gente que encuentras en cada rincón de tu viaje – desde que comienzas en un avión, tren, barco o caminando– es la mejor parte de cada aventura.
Hay algo oculto y misterioso en los viajes, que te inspira a dar los pasos necesarios para construir relaciones con otras personas. Ya sea por el hecho de vivir situaciones en común que generalmente están fuera de tu zona de confort o por tener intereses similares, las relaciones que surgen en los viajes pueden ser muy intensas, pero increíblemente inolvidables.  Y eso es lo mejor del camino: cuán velozmente se construyen.
Estos lazos que puedes formar con otra persona en tan corto tiempo son poderosos y humildes.  Hasta ayer eran desconocidos de diferentes países y culturas, y hoy comparten pequeños pedacitos de sus vidas íntimas. Y todo comenzó tal vez, simplemente, con un tímido “Hola, ¿hacia dónde vas?”, una sonrisa, un simple consejo o una invitación.
Compartir una experiencia con otro ser humano en un país diferente es enriquecedor y gratificante; y no siempre es por lo que ves o haces, sino por la gente con quien ves todo esto, lo que hace la aventura aún más intensa e interesante.
A mí, particularmente, me encanta explorar y descubrir nuevas ciudades, países y culturas, pero sin dudas lo mejor de cada viaje es el encuentro con toda esta gente extraordinaria que aparece en el mismo lugar que uno, y en el momento exacto.  Sus historias y experiencias son tan fascinantes como únicas, y ofrecen una perspectiva más amplia de todo lo que existe en el mundo, que muchos desconocen, o conocen sólo por alguna noticia en un canal de TV, un libro o porque alguien más les contó su experiencia.
Puedes tener todo calculado, planeado e imaginado en tu cerebro. Pero aún con estructuras y planes, en los viajes suceden variables inesperadas, y nunca resultará ser lo que habías planeado cómodamente antes de partir. Al encontrarte con lo desconocido, tu mente y corazón se ponen en alerta constante, abriéndose a la posibilidad de peligros, al hambre, a los extremos, a diferentes climas, a los posibles inconvenientes y también a todo lo sorprendente que te ofrece cada lugar por explorar.  Los cinco sentidos están en alerta constante, y te puedes fusionar con el presente de una forma única y con una sensibilidad extrema, seas como seas en tu mundo diario y habitual.  En ese presente es que te encuentras con esta gente transformadora, viviendo sus propios presentes, con la misma magia que tú, sorteando las mismas variables y compartiendo sus vivencias, ofreciendo, dando y recibiendo de igual forma en que tú te ofreces, das y recibes.
Si puedes, si la vida te da la oportunidad y te lo permites, mientras tengas salud y medios, sal a viajar y explora.  Y mientras lo haces, asegúrate de encontrarte con tanta gente como te sea posible.  Libera tus prejuicios. Despójate por un largo rato de tus creencias arraigadas en casa para abrirte al mundo con lentes nuevos, a través de gente variada y flexible a mostrarte sus propios mundos.  Asegúrate de regalarles tu parte, tu pedacito de ciudad, de país, de cultura y de tu alma.  Te aseguro que habrás dado más de lo que imaginas, y que tu collage de experiencias en esas vidas habrán dejado su huella.
Te cambiará – cada vez que viajes, por cualquier motivo –  la visión de tu existencia y del mundo en el que habitas. No volverás a ser el mismo, si te has podido conectar con cada amanecer, atardecer, con cada peligro, cada solución y sobre todo, con cada persona que vive las mismas experiencias que tú. Viajando, explorando, encontrándose, y perdiéndose para volverse a encontrar.
Cualquier viaje te cambiará.  Y ya habrá valido la pena.
– Poli Impelli –

Cúmulos y limbos: 'Emma', de Jane Austen, cumple doscientos años en ...

Cúmulos y limbos: 'Emma', de Jane Austen, cumple doscientos años en ...: (Más sobre Jane Austen y algo más sobre los hombres de Jane Austen ) Este año se cumplen doscientos años de la publicación de Emma , un...

martes, 3 de marzo de 2015

Ingredientes de la Amistad

Una gran amistad tiene dos ingredientes principales: 

El primero es el descubrimiento de lo que nos hace similares.

El segundo es el respeto por lo que nos hace diferentes.


Me doy cuenta que a quienes llamo "hermanos/as" de la vida por ser grandes amistades, infinitamente unidas en el Alma, tienen estos dos ingredientes como cimiento fundamental. No importa si hay distancia o la sinceridad absoluta para no estar de acuerdo y no llegar a estarlo; no deja nunca de haber RESPETO (el mío como primer condimento - "El modo en que deseas que la gente se ocupe y cuide de ti consiste en ocuparte y cuidar de ellos primero" -, sino que lo recibo con el mismo amor y calidad, aunque sigamos en desacuerdo).

Durante muchos años me costó comprenderlo... 
Hace ya tiempo largo DISFRUTO en no estar de acuerdo y en que no estén de acuerdo conmigo, pero que el respeto y lo que nos hace tan similares nos siga manteniendo unidos. Y en mi caso, la palabra distancia es la gran bruja que desafía aún más esos dos ingredientes. Lo hace aún más difícil, más complejo, más dependiente de otros medios que de la mirada o la palabra.


Y si hay algo en lo que creo fervientemente, tanto como en la Vida, es en mirarnos a los ojos, y en el poder de las palabras


sábado, 22 de noviembre de 2014

ALCATRAZ

Desde el muelle 33, cerca de Fisherman´s Wharf, siento tu presencia intacta pero ausente. Presente cuando puedes asomarte y las aves te anuncian alrededor de tu celda. Hermética, sombría, a veces con tan poca luz. Ausente cuando te encierras, y no me dejas atravesar la Bahía… 
Y afuera, afuera la vida regala colores, el aroma del agua salada tal vez revolviendo lo dulce. Afuera las gaviotas occidentales y las garzas desfilan y bailan, el sol abrillanta los verdes, y la distancia que separa la ciudad alivia el murmullo del ajetreo constante.
Me doy por vencida, pero al tiempo las aves te anuncian. Estás ahí, mirando hacia afuera con miedo a escapar. Y me rindo. Y vuelvo al muelle. Una y otra vez, pensando en cruzar y abrazarte, en trepar por La Roca sin armaduras, en que tendré la fuerza suficiente para romper los barrotes sombríos, para gritar a viva voz que eres inocente, y que solo estás preso en tu propia prisión. Sabiendo yo que en vez de gritarle al viento tu ingenua inocencia, tu elección fue cruzar a ver el mundo desde una isla por fuera bella, por dentro dura y siniestra. Tus miedos han sido más fuertes que tu derecho de justicia y salvación. 

Y yo sigo en el muelle, mirando de lejos, siempre de lejos, intentando llegar a la otra orilla, cargada de egoísmo por querer salvarme yo primero con un abrazo, para recobrar la fuerza e intentar salvarte a ti de tu certeza inconstante y reprimida. 
Con mucho frío y una seguridad empapada de amor salto del muelle y llego a tu orilla. Cruzo mis manos por las barras de tu celda, te abrazo aunque nos separen los hierros y vuelvo a sentirme viva. Tus ojos me repiten como siempre que no quieres salir de allí… Vuelvo a la otra orilla repleta de todo y de nada, esperando minutos, días, y años para poder volver a cruzar y salvarme otra vez. 
Y tú en tu celda estás tranquilo, seguro de la inseguridad y sabiendo que al salir de allí podrías reconocerte, y sorprenderte ante la inocencia de tu corazón auténtico, que en vez de maldad solo conoce dolor. 
Así es como Alcatraz te separa de mí, de mi súplica de abrazos y de presencia. Y espero… Espero en el muelle que las aves te anuncien. Me lleno de valentía y de amor. Y cruzo. Me vuelvo a sentir lista y feliz cuando puedo ver tus ojos en la sombra de la celda, para luego darme cuenta que en tus venas corre el miedo y que yo no puedo quedarme allí. Afuera me llama el sol, me llama el agua, los sonidos de la gran ciudad, los colores del arco iris, los niños que cantan y enseñan, los amigos que me llevan hasta el muelle cada tanto, años… 
Alcatraz duele.
"... Cerró el ventanal, dejó a Cerati fluir y bajó un rato a caminar. La luna reflejaba su luz entera en el mar calmo y silencioso junto al casco antiguo. Y las estrellas se mezclaban con las luces en lo alto del pueblo. La imagen extasiaba las miradas de los primeros turistas que llegaban al pueblo en esa época del año. Se detenían en el paseo solo a mirar la postal, haciendo malabares con sus cámaras fotográficas para captar la línea del horizonte donde el cielo se junta con el mar, tantas veces sin definición, que la luna esa noche les mostraba como un espectáculo callejero. Ella los observaba de lejos... El agua cálida del mar le permitía mojar sus pies en la penumbra, caminar descalza y respirar la noche, momentos donde la nada se convertía en todo. La luna, el agua, las estrellas, la arena fresca y las formas de los peces saltando como sombras chinescas por delante de la pantalla redonda en el cielo. Y el silencio… el silencio penetrante de la naturaleza que adormecía al diablo, a la mente cansina, al televisor personal, al torbellino inquieto de dudas y preguntas sin respuestas, a las voces ajenas, al debe y el haber, a los reclamos e injusticias, a la tristeza que invade sin permiso y sin querer..."